Canta y no llores

Estamos a escasos días de comenzar el mes patrio, consiste en un mosaico de actividades que van desde las alusivas calles o avenidas engalanadas con los colores de la bandera nacional, los sombreros de paja que indican un atuendo de la charrería o el campesinado, los ponchos, las trompetas y matracas que vaticinan el furor del 15 de septiembre, día en que, tanto representantes políticos como algunos conglomerados gritarán al unísono: ¡Viva México!

De pronto entre los conjuntos musicales y el bullicio de loa a nuestro querido México, olvidamos las desapariciones forzadas, dejamos de lado la tragedia cotidiana, el crimen organizado, la hambruna de gente en situación de calle, los 3,500,578 contagios y 269,254 decesos por causa del COVID-19 (basado en el informe más reciente de Secretaría de Salud). Existe una férrea introyección de la pasividad ante la desventura que nos toca experimentar: canta y no llores.

¿Cuántas veces la capacidad creativa de los artistas ha sido eficaz para atender con mayor sensibilidad una situación agravante?  Un «canta y no llores» por los estragos del temblor en el 2017, el famoso «Somos el mundo» por la situación de Haití o el tema «We are the world (1984)» por la lucha contra el hambre en Etiopía. Todos ellos escritos y entonados con una apremiante intención, sin embargo, de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno. Sería algo injusto para quienes padecen la real desgracia que, mientras el resto del mundo se dispone a consumir un hit musical, no se avance en la verdadera praxis social que la composición misma sugiere.

Miguel de Cervantes sugería que “la música compone los ánimos descompuestos”, y este epígrafe nuestro supremo representante de la nación lo acentúa cada vez que tiene la oportunidad. El pasado 13 de agosto, cuando le cuestionaron sobre los cauces negativos que podría tener el regreso a clases presenciales, reaccionó sin sobresaltos e intervino con una canción sugerida ad hoc con su postura: “Los caminos de la vida no son como imaginaba”. En medio de situaciones agravantes por el mal endémico que nos rodea –y un sinfín de factores– cantar y llorar ocuparán una relación dialéctica ineludible, para resarcir los ánimos descompuestos. En efecto: ¡Viva México!

José Osuna

Originario de Culiacán, Sinaloa.

Licenciado en Ciencias Antropológicas / Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS).

Miembro del proyecto colaborativo dedicado al estudio de la región Yoreme del norte de Sinaloa.