No para siempre en la tierra, solo un poco aquí (Nezahualcóyotl)

07 de octubre del 2021

De las efemérides sobresalientes en octubre es la llegada del genovés Cristóbal Colón a América en 1492. Más de una persona (en sus pueriles tiempos) nacida en México u otro recinto de Latinoamérica escuchó o llegó a casa entonando con gárrula voz: “Del puerto de palos en tres carabelas zarparon marineros buscando nuevas tierras: la niña, la pinta y la Santamaría traídas por Cristóbal Colón”. Aunque hoy en la adultez sería pernicioso para un infante replicar el sesgo histórico que existe en torno al hito de la humanidad sobre el «descubrimiento del Nuevo Mundo», no está demás enseñar, al menos someramente, sobre lo que vieron e hicieron los europeos de aquel tiempo con los pueblos de las insólitas tierras.

Llegaron las tripulaciones, quedaron estupefactos con las reservas de plata y oro, probaron el arte culinario de los pueblos originarios, comieron maíz y degustaron chocolate. A cambio ellos ofrecieron un nuevo sistema de creencias y una nueva lengua. Además, aniquilaron nichos ecológicos, selvas, complejos acuíferos, destruyeron templos o sitios sagrados de gran relevancia para las comunidades, finalmente mancillaron su dignidad humana convirtiéndolos en esclavos, como si fuesen productos de intercambio comercial, como cosas. De allí el epígrafe que Nezahualcóyotl suscribe con una nostalgia anticipada.

Si bien Pablo d’Ors (sacerdote católico y escritor originario de España) menciona en su libro Biografía del Silencio (2012): «es absurdo condenar la ignorancia pasada desde la sabiduría presente», su locución (aplicada a este texto) es conmovedora, pero no alcanza para ofrecer conjeturas sobre lo sucedido, sobre todo para preguntarnos ¿por qué nos han enseñado la colonización como un hecho que suscite orgullo? De ser así, ni la máxima autoridad de la Iglesia hubiese expresado de forma ecuánime «perdón por los crímenes graves que se han cometido contra los pueblos originarios durante la llamada Conquista de América» en 2015.

Producto de ese pasado es la idea de raza, una clasificación nacida de corrientes científicas (sobre todo la biología o fisiología del siglo XVIII) que con 250 años de existencia ha adquirido un uso frívolo y despectivo. Puesto que hablar de «raza» nos ha hecho creer que existen humanos biológica y culturalmente mejores que otros. Esto desató y justificó procesos históricos de dominación colonial y el sometimiento de las “razas inferiores”, exacto como pasó en la América que vio Colón. Es preciso recordar aquella frase de Eduardo Galeano donde enfatiza que “la verdadera realidad del opresor solo se puede ver desde el oprimido”.

José Osuna

Originario de Culiacán, Sinaloa. Licenciado en Ciencias Antropológicas / Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS). Miembro del proyecto colaborativo dedicado al estudio de la región Yoreme del norte de Sinaloa.

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