Por José Osuna

Mientras el mundo no se deshaga

El inicio de año como otros pasados arrastró interrogantes particulares: ¿cuál es el rumbo de la economía del país? ¿Subió el precio de tal o cual producto? ¿Ahora sí se va a acabar el mundo? ¿Qué futuro le depara a la humanidad y a la Tierra? Así como la pandemia llegó con difusa precisión, así podemos constatar el resto de las cosas; que el capital sea proporcionalmente repartido o siga acumulándose en las cuentas de la alta alcurnia, que las fuentes de alimentación sean poco admisibles para algunos debido a la alza de los precios en la canasta básica, que el spider-verse sea posible para confrontar una invasión extraterrestre y la plegaria de una rezandera evite catástrofes naturales por venir.

Hay cosas que son irreversibles y otras que bien pueden prevenirse con acciones pertinentes mientras el mundo no se deshaga: es irreversible la alza de contagios por Ómicron, pero es posible advertir a la población que no relaje las acciones de cuidados básicos y actuar con suspicacia ante la sobre-información, es irreversible que el mercado altere el precio de productos de alimentación, pero es permisible priorizar gastos, tener acceso a lugares con precios regularizados y prever la selección de la comida. Por otro lado consterna saber que el sistema político macanea para otros linderos y las necesidades de la población están forradas de un frágil asistencialismo que no alcanza a abastecer a una cantidad suficiente de la población. De suceder lo contrario no aumentaría el número de personas sin hogar convertidos en parias sociales, cada vez los recursos naturales se privatizan y las manifestaciones en contra de la imparcialidad son tratadas con vejación para mantener “el orden público”.  

Max Horkheimer (1949) sugería que solo una forma de vida organizada lograría coadyuvar los lazos sociales que propicien la dignificación humana, de lo contrario el sufrimiento y el interés particular de subsistir existirá “mientras la vida social no proceda desde el trabajo solidario, sino desde la destructora competencia de sujetos individuales”. Ante la indignación y el desasosiego experimentado por parte de las autoridades siempre ha aparecido una estrategia convincente: “jalar parejo” en una actitud cooperativa exenta de belicosidades, pensándolo a la manera de Camus (1959): “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea aún más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”.